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23/2/12

Sanar un mundo herido, informe sobre ecología de la Compañía de Jesús

Sanar un mundo herido, informe sobre ecología de la Compañía de Jesús

Madrid, 23 de febrero de 2012 (IVICON).- La Compañía de Jesús ha publicado recientemente un Informe especial sobre ecología bajo el título "Sanar un mundo herido". Es un trabajo dirigido a los miembros de la Compañía de Jesús que, sin embargo abre horizontes para toda la Vida Religiosa.

El núcleo central del Documento lo constituye la reflexión sobre el contexto de crisis ecológica mundial en el que se desarrolla nuestra vida comunitaria y apostólica, los aportes que una nueva visión ecológica de la vida puede ofrecer a nuestra espiritualidad, y unas últimas y muy detalladas recomendaciones y sugerencias concretas. Es particularmente importante la reflexión sobre la espiritualidad, ahondando en las raíces teológicas de nuestra vida cristiana en relación a la tierra como sueño de Dios y el sentido de una vida que es siempre "relación": con el Dios creador y con las demás criaturas, especialmente los hombres y mujeres, sobre todo los más empobrecidos sobre quienes recae más duramente el peso de la crisis ecológica. De ahí que una necesaria "reconciliación" con Dios y con la naturaleza esté íntimamente unida a la justicia "restaurativa" que afecta directamente a nuestro mofo de vivir.


El Documento concluye con una amplia enumeración de recomendaciones y posibilidades a nivel institucional, comunitario y personal para vivir una Vida Religiosa coherente con la nueva situación de crisis ecológica mundial que padecemos y ante la que la Vida religiosa no puede permanecer indiferente, uniendo sus esfuerzos a los miles de organizaciones y personas del mundo entero.

Una reflexión más amplia puede verse en la zona de RECURSOS de la página web de CONFER , y el Documento completo puede encontrarse en PUEBLOS UNIDOS: "Sanar un mundo herido".

fuente: Ecclesia digital

http://revistaecclesia.com/index.php?option=com_content&task=view&id=32834&Itemid=65

Para mayor información te invitamos a visitar los siguientes enlaces:


http://www.infosj.es/index.php?option=com_remository&Itemid=65&func=startdown&id=17


http://ecojesuit.com/?lang=es

Johnnathan Giménez, S.J



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2/6/10

SIC analiza al país y sus hábitos de consumo cultural.


SIC analiza al país y sus hábitos de consumo cultural En su editorial la revista Sic 725 hace un llamado de atención sobre la violencia que es pan de cada día en Venezuela, y lo hace a propósito del Encuentro Internacional de Constructores de Paz que se organiza en la UCAB

Una investigación detallada, realizada por un equipo de encuestadores y comunicólogos, es el plato fuerte de la revista Sic que sale a la calle esta semana. Además, trae un análisis sobre las elecciones parlamentarias, una experiencia comunitaria en San Agustín que significa esperanza y muchos otros materiales de interés


¿Cuánto tiempo invierte el venezolano promedio viendo la televisión? ¿Qué prefiere, la telenovela o el noticiero? ¿El venezolano lee tan pocos periódicos como se dice? ¿La inseguridad afecta los hábitos de consumo cultural? Éstas y otras preguntas son respondidas en el número de la revista SIC (Centro Gumilla) correspondiente al mes de junio. El estudio partió de mil 203 entrevistas efectivas en casi todo el país.

Mientras tanto, en su editorial la revista hace un llamado de atención sobre la violencia que es pan de cada día en Venezuela, y lo hace a propósito del encuentro Constructores de Paz que se organiza en la Universidad Católica Andrés Bello en el marco de la campaña “Hablando se entiende la gente”, que es lema y bandera de la Red de Acción Social de la iglesia. Entre otras cosas, el editorial de SIC dice que “se requiere urgentemente la concertación entre el Estado, las empresas, las organizaciones comunitarias y los medios de comunicación social para poner en marcha acciones dirigidas a la prevención. Muchas propuestas en esta dirección coinciden en señalar la importancia de una eficiente política de desarme de la población, en general, especialmente de la juvenil”.

Una vez concluidas las elecciones primarias tanto de la oposición como del PSUV, es hora de hacer un balance: en principio, resolvieron el problema de las múltiples aspiraciones que existe en los partidos y en la sociedad civil, sin mayores traumas.


Además, hay excelentes trabajos sobre las recientes acusaciones de casos de pedofilia por parte de representantes de la Iglesia, asunto que ha removido antiguos recelos. Pero más allá de lo anecdótico, en el presente número de SIC se analizan los hechos desde todos los ángulos. Igualmente, se completa este número con otros trabajos que resumen el acontecer nacional e internacional, en sus secciones Vida Nacional y Hora internacional, así como reseñas y su acostumbrada sección Ecos y Comentarios.

Contactos:
E-mail Revista Sic: sic@gumilla.org.veCentro Gumilla: informaciongumilla@gmail.com
Telf.: (0212) 5649803 / 5645871
Web Gumilla: www.gumilla.org
Blog de la Revista Sic: www.sicsemanal.wordpress.com


Material de la página web del Centro Gumilla;
http://www.gumilla.org/?p=news&id=12749883404195&entid=news

8/9/09

Teología de la vida cotidiana


Hay personas que, sumidas en el apuro y en el trajín, en el ajetreo y en la actividad incesante de la vida cotidiana, sólo en día domingo van a poder leer y reflexionar con calma meditaciones teológicas como ésta. ¿No deberíamos aprovechar al menos el domingo -que puede ser también algo así como un respiro del hombre en medio de su cotidianidad- la oportunidad de esbozar algunas reflexiones sobre una teología de la vida cotidiana, de poner bajo la luz de la fe cristiana y de considerar como preguntas a la teología algunos asuntos de cada día, como el trabajo y el descanso, el comer y el dormir y todas aquellas cosas que pertenecen a ese ámbito? Naturalmente, siempre con la reserva de que en unas pocas palabras se puede decir muy poco, incluso sobre estas cosas sencillas, ya que lo más fácil suele ser en verdad lo más difícil para la teoría y la praxis.Teología de la vida cotidiana

Munich - Hay personas que, sumidas en el apuro y en el trajín, en el ajetreo y en la actividad incesante de la vida cotidiana, sólo en día domingo van a poder leer y reflexionar con calma meditaciones teológicas como ésta. ¿No deberíamos aprovechar al menos el domingo -que puede ser también algo así como un respiro del hombre en medio de su cotidianidad- la oportunidad de esbozar algunas reflexiones sobre una teología de la vida cotidiana, de poner bajo la luz de la fe cristiana y de considerar como preguntas a la teología algunos asuntos de cada día, como el trabajo y el descanso, el comer y el dormir y todas aquellas cosas que pertenecen a ese ámbito? Naturalmente, siempre con la reserva de que en unas pocas palabras se puede decir muy poco, incluso sobre estas cosas sencillas, ya que lo más fácil suele ser en verdad lo más difícil para la teoría y la praxis.

Por ahora digamos tan sólo algo breve sobre la teología de la vida cotidiana en general.

Lo primero es que tal teología no puede pretender que ella pueda hacer de lo cotidiano un feriado. Esta teología dice ante todo: “deja tranquila a la vida cotidiana ser cotidiana”. Ni por los elevados pensamientos de la fe ni por la sabiduría de la eternidad se puede o se debe convertir a la vida cotidiana en un feriado. Lo cotidiano debe ser mantenido como tal, sin dulcificaciones ni idealizaciones. Sólo así será para los cristianos lo que debe ser: el espacio de la fe, la escuela de la sobriedad, la ejercitación de la paciencia, el santo desenmascaramiento de las palabras grandilocuentes y de los falsos ideales, la silenciosa oportunidad de amar de verdad y de ser fiel, la verificación del realismo que es la semilla de la más plena sabiduría.

Lo segundo es, empero, que la simple cotidianidad, asumida honestamente, esconde en sí el milagro eterno y el callado misterio que llamamos Dios y su gracia sigilosa, precisamente cuando y en la medida en que lo cotidiano permanece como tal. Puesto que todo ello constituye la vida cotidiana del ser humano, y donde está el ser humano éste es allí aquel que en su actuar libre y responsable abre las profundidades recónditas de la realidad. Pues también las pequeñas cosas cotidianas son o deberían ser verdaderamente como una porción interna de lo esencial, inserta en una vida realmente humana, es decir, en una vida que por la fe, la esperanza y el amor dirigidos a Dios con la completa y más radical libertad, tiene el peso del Dios eterno al que ella se aferra. A Él lo tenemos, en último término, no por nuestros ideales, ni por nuestras elevadas palabras, ni por la contemplación de nosotros mismos, sino por la acción que nos arranca de nuestro egoísmo, por la preocupación por los demás que nos hace olvidarnos de nosotros mismos, por la paciencia que nos hace mansos y sabios. Quien como ser humano acoge el tiempo, que es tan breve, en el corazón de la eternidad que lleva dentro de sí, capta de golpe que también las pequeñas cosas tienen profundidades inefables, que son heraldos de la eternidad, que son siempre más que ellas mismas, como gotas de agua en que se refleja la totalidad del cielo, como signos que indican más allá de sí, como mensajeros que se anticipan y que, como arrebatados por el mensaje que portan, preanuncian la infinitud adveniente, como sombras, que ya se nos vienen encima, de la verdadera realidad, porque, en efecto, lo verdaderamente real ya está cerca.

Y por todo ello vale lo tercero: hay que estar siempre como si fuera domingo, bien dispuestos para las pequeñeces y las humildes cosas deslucidas de la vida cotidiana. Ellas nos irritan sólo si las enfrentamos irritados; nos tornan obtusos sólo si no las comprendemos; se nos hacen rutinarias y banales sólo si no las entendemos bien y las tratamos de manera equivocada. Nos vuelven sobrios, tal vez nos cansan y nos decepcionan, nos hacen modestos y serenos. Pero ello es precisamente lo que debemos llegar a ser, lo que tenemos que aprender aunque este aprendizaje nos resulte difícil; es lo único que nos puede disponer para encaminarnos hacia la auténtica fiesta de la vida eterna que la gracia de Dios, y no nuestra propia fuerza, nos prepara. Las cosas cotidianas, en todo caso, no tienen que volvernos amargados ni malignamente escépticos. Porque lo pequeño es la promesa de lo grande, y en el tiempo se va gestando la eternidad. Pero esto vale para los días de semana tanto como para el domingo.
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Karl Rahner, S.J.
Teólogo, académico y escritor. La traducción es de Fernando Berríos Medel, con la colaboración de Sergio Silva Gatica, SS.CC. Artículo también publicado en revista Mensaje

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3/7/09

La Vocación Humana: Ser Persona 3-4


Tema 3 de 4
Ser persona: prioridad absoluta


Como decíamos en la presentación del Capítulo, antes que consagrado hay que ser cristiano; y antes que ser cristiano hay que ser persona. Frecuentemente olvidamos este sencillo axioma y anteponemos devotos sentimientos espirituales a la conformación de una personalidad estable y madura. Recibimos en nuestros seminarios o congregaciones a jóvenes postulantes muy piadosos y aparentemente buenas personas pero con problemas notables en la estructura de su personalidad. También, por supuesto, aprendices de consagrados que apenas viven los niveles básicos de una ética cristiana coherentemente asumida.

La maduración en la fe

Es obvio que quien no es persona, en el sentido fundamental de la palabra, no tiene capacidad para ser cristiano maduro y menos persona consagrada:
Al concepto infantil del yo narcisista le corresponde el nivel de una fe infantil: la fe de quien, centrado en sí mismo, busca un dios a su servicio, un dios manipulable y tapa-agujeros.La Vocación Humana: Ser Persona 3-4.
Alfonso Pedrajas Moreno, sj.

Tema 3 de 4
Ser persona: prioridad absoluta


Como decíamos en la presentación del Capítulo, antes que consagrado hay que ser cristiano; y antes que ser cristiano hay que ser persona. Frecuentemente olvidamos este sencillo axioma y anteponemos devotos sentimientos espirituales a la conformación de una personalidad estable y madura. Recibimos en nuestros seminarios o congregaciones a jóvenes postulantes muy piadosos y aparentemente buenas personas pero con problemas notables en la estructura de su personalidad. También, por supuesto, aprendices de consagrados que apenas viven los niveles básicos de una ética cristiana coherentemente asumida.

La maduración en la fe

Es obvio que quien no es persona, en el sentido fundamental de la palabra, no tiene capacidad para ser cristiano maduro y menos persona consagrada:
Al concepto infantil del yo narcisista le corresponde el nivel de una fe infantil: la fe de quien, centrado en sí mismo, busca un dios a su servicio, un dios manipulable y tapa-agujeros.
Al nivel adolescente -el nivel del yo-tú- le corresponde una fe sentimental e intimista: fe de cumplimientos y devociones sin compromiso estable alguno: el joven rico…
Y sólo al término nosotros, tal como lo veíamos arriba, corresponde una fe adulta: la fe de quien busca a Dios en los demás, especialmente en el rostro de los marginados y excluidos, y ha hecho de su vida una vida para los demás: No he venido a ser servido…

Quien humanamente hablando no ha salido de su yo infantil (egoísta, caprichoso, narcisista) no puede profesar una fe adulta. Y también: quien humanamente ha alcanzado el nosotros (solidario, servicial, corresponsable) difícilmente aceptará gestos o estancamientos eclesiales en una fe infantil.

Ser persona como prioridad

Esta es la vocación primaria y radical. Antes que ser cristiano, antes que ser religioso... ¡ser persona! Pensamos que no puede escuchar una vocación religiosa quien ha desoído su vocación primera a ser persona. No puede tener vocación quien pasa olímpicamente de las exigencias fundamentales de su primera tarea: ser persona. No puede ser llamado por Dios -todavía- a ser religioso, quien desoye sistemáticamente el llamado original de ser imagen y semejanza de Dios.

Con frecuencia pensamos que el proyecto humano y el proyecto divino son diversos; que ser persona y ser cristiano son como caminos o tareas distintos. Pareciera que se es persona de lunes a sábado, y se es cristiano el domingo. Como si lo religioso fuera un sombrero que uno se coloca en ocasiones especiales, mientras que la vida diaria está centrada en el esfuerzo por salir adelante en la vida: el esfuerzo de la salud, el alimento y el descanso. Nada más equivocado. Es divino quien es humano, y es humano quien es divino. El proyecto de la creación es que alcancemos la plenitud de la humanidad precisamente en la imagen y semejanza de Dios. No hay otro camino ni otro modelo. Y la cumbre de esta identidad es Jesucristo, el Hijo de hombre, como gustaba llamarse -término que varias versiones bíblicas traducen sencillamente como El Hombre-. También María, a quien Jesús, en el evangelio de Juan, llama siempre Mujer (2,4; 19,26) es cumbre y modelo -en cuanto a las diferencias de género- del proyecto mujer.

Jesús-persona, conjunción de lo divino y lo humano, síntesis y plenitud del proyecto de Dios para la humanidad. Él es la cumbre del proceso. A partir de Él, a partir del acontecimiento Jesús de Nazaret, toda referencia al modelo de humanidad no podrá sino mirar a los caminos de Galilea y Judea para encontrar la perfecta imagen y semejanza del Dios invisible.

Diversas nociones de la persona

Existen concepciones muy variadas acerca de la persona. Todas ellas tienen elementos teóricos que pretenden dar una visión global del sentido de la vida humana en torno a lo que la Sicología llama personalidad.

Cada una de estas teorías subraya alguna influencia distinta en la estructuración y desarrollo de la personalidad:
factores internos o hereditarios (temperamento)
mixtos (inteligencia, percepción, aprendizaje, motivación)
externos o ambientales (familia, colegio, grupos de amigos, sociedad)

La ponderación concedida a la influencia que ejerce cada uno de estos factores, es muy diversa y determina en gran medida los diferentes enfoques teóricos. La orientación psicoanalítica, por ejemplo, concede a los factores hereditarios instintivos una influencia determinante. Para el conductismo, por el contrario, es el ambiente el que tiene un peso decisivo. Ambas corrientes se exponen al riesgo de reduccionismo al otorgar una preponderancia tan marcada a uno u otro de los factores (Cfr. Puebla, 310).

Posiblemente, la sicología humanista (G. Allport, C. Rogers, H. Thomas, entre otros) es la que ofrece un aporte más próximo a la concepción cristiana de la persona, pues acentúa los factores mixtos, poniendo énfasis en la iniciativa y responsabilidad personal: la persona normal está condicionada por su herencia y por el ambiente, pero su forma propia de ser depende en gran medida de su voluntad. La persona se convierte en constructora responsable de su propia vida. En su formación y desarrollo destacan las motivaciones, creencias, expectativas, intereses, valores... y el modo de satisfacerlos. Por eso (J. Cerda), la sicología humanista:
Concede una fuerte influencia a la voluntad, entendida como capacidad de autogobierno, en el desarrollo de la personalidad.
Aprecia el desarrollo emotivo del individuo en función de la libertad interior, necesaria para conocer y decidir con responsabilidad.
Valora notablemente los determinantes conscientes de la conducta humana, destacando el conocimiento de sí mismo y de la realidad como factor prioritario en la estructura y desarrollo de la persona.
Concibe a la persona como un ser que vive el presente más que el pasado, capaz de superar condicionamientos y abierto al cambio, con sus ojos mirando al futuro. No desconoce, sin embargo, la existencia de una continuidad en el desarrollo humano.
Ve el proceso de adaptación de la persona no como una acomodación pasiva al ambiente sino como un esforzado proceso en el que la persona tolera imposiciones unas veces, coloca exigencias en otras oportunidades o llega normalmente a un arreglo satisfactorio.

¿LLAMADOS Y ELEGIDOS?

La atenta tarea de la pastoral vocacional
Alfonso Pedrajas Moreno, sj.
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La Vocación Humana: Ser Persona 2-4


Tema 2 de 4
Del narcisismo a la solidaridad


Durante el tiempo de la gestación, existe una simbiosis entre el hijo y la madre. Un cordón une los dos seres y no se posibilita la vida del engendrado sin contar con una dependencia engendradora. Un día, al salir a la luz, el bebé respirará por sí mismo: ése será el primer paso hacia su emancipación. El largo tránsito hacia la agradecida devolución de todo lo recibido: la solidaridad.

El camino de la maduración

El proceso del niño se mantendrá, todavía por mucho tiempo, absolutamente centrado en el ‘yo’: su desconsolado llanto no es sino un reclamo -casi chantaje- para obtener atención de la mamá. Muy pronto, un mundo de celos y de antojos lo encerrará en sus familiares más cercanos, en sus juguetes, en sus auténticos caprichos.La Vocación Humana: Ser Persona 2-4.
Alfonso Pedrajas Moreno, sj.

Tema 2 de 4
Del narcisismo a la solidaridad


Durante el tiempo de la gestación, existe una simbiosis entre el hijo y la madre. Un cordón une los dos seres y no se posibilita la vida del engendrado sin contar con una dependencia engendradora. Un día, al salir a la luz, el bebé respirará por sí mismo: ése será el primer paso hacia su emancipación. El largo tránsito hacia la agradecida devolución de todo lo recibido: la solidaridad.

El camino de la maduración

El proceso del niño se mantendrá, todavía por mucho tiempo, absolutamente centrado en el ‘yo’: su desconsolado llanto no es sino un reclamo -casi chantaje- para obtener atención de la mamá. Muy pronto, un mundo de celos y de antojos lo encerrará en sus familiares más cercanos, en sus juguetes, en sus auténticos caprichos. Hasta bien entrada la pubertad, el niño -cual otro Narciso- centrará la vida en un mundo de quiméricos espejos e intereses personales. Con frecuencia será casi imposible hacerle entender con razones que debe respetar, compartir, interesarse en el otro.

La edad del burro será la manifestación más evidente de un estancamiento en el yo con toda su estrechez de miras y manifiestos egoísmos. Pero, paso a paso, entre desgarrones, incomprensiones y lágrimas, de una antigua dependencia irá pasando, fisiológica y vitalmente, a una ansiada independencia. En la adolescencia dará importantes pasos para desprenderse del narcisismo. Tratará de compensar su sentimiento de dependencia con delirios de independencia. En esta etapa será imposible darle gusto... La única forma de tratarlo será dejarlo que sea como es. Aceptarlo. Darle apoyo y un amor no posesivo. Habrá que ir educando el uso de su libertad a base de escucharlo y hacer que reflexione sus decisiones. ¡Educar para una libertad responsable! ¡Qué tarea difícil!

La juventud abre definitivamente a la persona a un encuentro con el tú que posiblemente ha ido creciendo, entre titubeos y dificultades, desde antes. Descubrir el tú es descubrir que no estoy solo en el mundo, que no soy el centro de la vida, que existen personas que merecen y exigen tiempo y afecto, mi atención y mi intención. Descubrir el tú es abrir parcialmente el mundo interior en una dimensión que ya, difícilmente, podrá retroceder. El tú es, sobre todo, el hermano, el amigo, la pandilla, la amiga, la pareja. Se inicia con ellos una relación cada vez más generosa que puede, y debe, culminar con la explosión del enamoramiento: el deseo sincero y gratuito de hacer feliz a otra persona.

Un tercer paso en el proceso de la maduración personal es el encuentro del nosotros. Suele acontecer en torno al nacimiento de los hijos. La pareja del yo-tú se siente transformada en nosotros, con nuevas personas -la debilidad del bebé es reclamo permanente de atención y ternura-, nuevas necesidades y nuevas perspectivas. Es éste un paso que muchos jóvenes intentan retrasar, para disfrutar, dicen, de la vida en pareja. Índice, las más de las veces, de egoísmos estancados.

Quien ha alcanzado un movimiento hacia fuera, el que es capaz de dar, de amar, de crear, de producir y construir; el que es capaz de decisiones responsables, reflexionadas, juiciosas, el hombre y la mujer libre, independiente, es la persona madura. Describimos pues la madurez por un doble movimiento paralelo: por una parte el proceso de la dependencia a la independencia; y por otra, el proceso del yo al nosotros.

A partir de la conformación estable del hogar, el proceso del nosotros se va abriendo a otros diversos círculos: parientes consortes, vecinos, conmilitones, sindicados, afiliados, socios, conciudadanos, compatriotas... hasta llegar posiblemente a sentirse ciudadanos del mundo, habitantes corresponsables de la aldea global. El nosotros cambia absolutamente las perspectivas de cualquier persona: preocuparse solidariamente por el grupo saca al individuo de su pequeño mundo, estancado quizás en los caprichos infantiles, o cerrado en la relación subjetiva, casi egoísta del yo-tú. El nosotros es la dimensión madura del ser humano, la cumbre de un proceso, la identidad resplandeciente y plena del yo.

Atascado en el proceso: el narcisismo adulto

Si, pasados los años, una persona adulta quedara anclada en el esquema narcisista propio de la infancia, dependerá neuróticamente de su entorno, del qué dirán, del impacto de su imagen, del éxito de sus empresas. Erich Fromm define, acertadamente, al narcisismo como “un amor a sí mismo desvinculado del amor al prójimo: el hombre ensimismado”. El narcisista está tan prendado -y tan prendido- de sí mismo que los demás apenas cuentan realmente como personas merecedoras de su estima y solicitud. Cuentan, a lo más, como espejos donde ver reflejada y admirada su propia belleza, o como objetos a su servicio. Este niño grande busca su autorrealización, pero se detiene en la periferia de sí mismo, en el gesto, en el estilo, en la imagen que proyecta al exterior (José Vicente Bonet). Le resulta demasiado incómodo ahondar en su interior, por miedo a lo que pueda descubrir. “El narcisista, siempre escaso de autoestima, desde su vacío interior vuelve la vista a su alrededor y busca puntos de referencia. Son otros los que le van a decir quién es y quién no es como persona” (L. López-Yarto).

Cuando este narcisista llega al matrimonio, adulto quizás biológicamente pero empequeñecido en el esquema infantil de la persona centrada egoístamente en el yo, la vida en pareja resulta un auténtico fracaso. Porque se puede tener una edad biológica apta para la vida matrimonial pero una edad en maduración humana completamente estancada en la etapa narcisista del niño: adultos infantiles, desarrollados pero inmaduros. Esa pareja está condenada a la frustración. Se han unido entre sentimientos de reclamo posesivo o de una caprichosa búsqueda de satisfacción personal.

El narcisista se ha ancorado en sí mismo. Sólo recibe. El Don Juan, prototipo del macho narciso, usa a todos y sólo se ama a sí mismo. Bajo la capa de un espadachín prepotente sólo se esconde un inmaduro. El proceso de la maduración supondría, ahora, la capacidad de renunciar a la propia felicidad para hacer feliz a la persona amada. Pero el narciso es incapaz de lograrlo.

No es frecuente encontrar personas viviendo el nosotros. El varón, con frecuencia más egoísta que la mujer, puede vivirlo en el discurso o la propuesta; pero no tanto en la dura realidad cotidiana que exige tanto desprendimiento y renuncia personal. Ni siquiera el religioso o la religiosa, que teóricamente profesan vivir en el nosotros, se desprenden fácilmente de los esquemas, caprichos, y hasta las manías, del solterón. Es, más bien, la madre de familia la que, en su generosa y paciente ofrenda diaria, suele apurar más el proceso del tú al nosotros. Quizás, por eso, Gertrude Von le Fort, en su análisis de la vocación femenina, señala que “allí donde la mujer es más profundamente ella misma, ya no es ella misma, porque se ha entregado”. El yo se da, se entrega, por un movimiento ineludible de la intimidad a la creación del destino del tú y del destino del nosotros. Dar, salir de sí, detenerse en otros y alimentar su destino, es el gran medio para encontrar la propia vocación.


¿LLAMADOS Y ELEGIDOS?

La atenta tarea de la pastoral vocacional
Alfonso Pedrajas Moreno, sj.
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La Vocación Humana: Ser Persona. 1-4


Tema 1 de 4
La doble tarea: yo y los demás

¿Soy o somos? ¿Cuál es primero? Más que en términos biológicos o éticos, esencial y constitutivamente hablando, ¿qué somos?, ¿qué soy?, ¿por qué y para qué soy?

El ser humano siente en sí mismo un dinamismo profundo que lo orienta, lo impulsa, le demanda, lo dinamiza, incluso lo finaliza, en cuanto que le plantea un sendero y lo conduce a un objetivo. Es la exigencia interna de ser persona. Nos sabemos personas y queremos ser personas. Nuestra misma naturaleza nos llama y nos reclama ser personas, no objetos, ni vegetales, ni siquiera animales, sino ¡personas!

El proyecto que somos nace de la conciencia de haber sido convocados, invitados a la existencia, desde fuera de nosotros mismos. Hemos sido puestos en la vida con una finalidad, no fácil de descubrir pero tampoco absurda ni inalcanzable. La propuesta de ser humanos supone, por nuestra parte, una doble respuesta pues cada hombre y cada mujer está llamado, igual que los demás integrantes de su especie, a buscar el sentido comunal de su condición humana en cuanto varón o en cuanto mujer; pero está llamado también a ser una experiencia de vida única e intransferible, a vivir su condición humana de manera distinta e irremplazable (G. Castillo). Este llamado a ser igual que otros y ser, al mismo tiempo, original; este compromiso simultáneo con la vida de los otros y con la propia vida, esta llamada a ser yo, es una vocación. Esta es la vocación humana.La Vocación Humana: Ser Persona 1-4.
Alfonso Pedrajas Moreno, sj.

Tema 1 de 4
La doble tarea: yo y los demás

¿Soy o somos? ¿Cuál es primero? Más que en términos biológicos o éticos, esencial y constitutivamente hablando, ¿qué somos?, ¿qué soy?, ¿por qué y para qué soy?

El ser humano siente en sí mismo un dinamismo profundo que lo orienta, lo impulsa, le demanda, lo dinamiza, incluso lo finaliza, en cuanto que le plantea un sendero y lo conduce a un objetivo. Es la exigencia interna de ser persona. Nos sabemos personas y queremos ser personas. Nuestra misma naturaleza nos llama y nos reclama ser personas, no objetos, ni vegetales, ni siquiera animales, sino ¡personas!

El proyecto que somos nace de la conciencia de haber sido convocados, invitados a la existencia, desde fuera de nosotros mismos. Hemos sido puestos en la vida con una finalidad, no fácil de descubrir pero tampoco absurda ni inalcanzable. La propuesta de ser humanos supone, por nuestra parte, una doble respuesta pues cada hombre y cada mujer está llamado, igual que los demás integrantes de su especie, a buscar el sentido comunal de su condición humana en cuanto varón o en cuanto mujer; pero está llamado también a ser una experiencia de vida única e intransferible, a vivir su condición humana de manera distinta e irremplazable (G. Castillo). Este llamado a ser igual que otros y ser, al mismo tiempo, original; este compromiso simultáneo con la vida de los otros y con la propia vida, esta llamada a ser yo, es una vocación. Esta es la vocación humana.

Individuos y ciudadanos

Esta doble vertiente del ser humano esboza, por tanto, dos aspectos implicados en su vocación ética: el compromiso con la propia vida y el compromiso con la vida de los demás. Es lo que Marc Oraison llamaba el aspecto subjetivo y el puesto del otro en la vocación personal. Esta doble direccionalidad otorga a la vocación humana una bella y compleja tarea: ser y hacer, amarnos a nosotros mismos y amar a los demás, trabajar la autoestima y respetar -defendiéndolos- los derechos de los otros, ser hijos y ser hermanos, ser criaturas y ser creadores, vivir la individualidad y vivir la ciudadanía:

Una moción e inspiración desde el interior de la persona que habla a cada uno invitándolo a vivir su propia verdad, su auténtico ser. Allá en lo profundo surge la voz de la vocación que llama: es el sí mismo, el yo profundo de cada uno, el núcleo de la intimidad de cada cual, el que recuerda incansablemente a toda persona -mirándose en el espejo de lo que es- lo que quiere ser. Es una voz que empuja y dinamiza al hombre y a la mujer en la búsqueda y realización de un plan personal, de un proyecto de vida.

Pero también existe -nos envuelve desde el entorno- un dinamismo o fuerza exterior, una demanda social y del mundo, de la época en que vivimos y de la cultura que nos ha parido. Los otros presentan o proponen a cada persona la búsqueda de su propio proyecto vital, un marco de acción real, formas concretas, maneras históricas de expresión, exigencias y posturas a tomar. La trama socio-económica-familiar formula situaciones, reclama respuestas. Es la circunstancia (Unamuno) que nos incluye, nos contextualiza y marca un ritmo y una dirección.
Dos llamados y dos dinamismos

Una vez más: la vocación humana -aquel llamado entrañable de ser persona- implica la conjunción de ambas fuerzas o dinamismos:
Un idioma interior que se aprehende en el autoconocimiento, en la reflexión personal; dinamismo de las mociones y necesidades individuales; desarrollo y armonización de las fuerzas que pugnan en nuestro interior. La exigencia íntima de ser independiente -rotos ya todos los cordones umbilicales- para obrar con libertad y autonomía.
Un llamado a la realidad que propone o que, tal vez, impone una determinada misión; exigencia de una respuesta al medio... pertenencia y lugar apropiado en el entorno histórico. Capacidad de dialogar de tú a tú con los semejantes hasta encontrar gusto en el dar, dándose y transmitiendo la propia vida.

La vocación a ser persona siempre llama desde dentro y desde fuera: ¿qué espero yo de los otros y de mi pueblo para realizar mi proyecto interior? ¿Qué esperan los otros y mi pueblo de mí para realizar ellos su proyecto y su verdadera imagen? Ese destino de los otros y mío, mío y de los otros; ese lugar mío, propio e intransferible, en la tarea común, eso es la vocación. Conciliar esas dos fuerzas, aceptar su sentido, asumir el destino personal y comunitario que en ellas se ofrece, eso es descubrir, aceptar y seguir la vocación de ser persona.

El hombre está abocado a plantearse su destino. Es su grandeza y también su responsabilidad. Para cumplir su vocación y alcanzar la dicha a la que Dios le destina, el ser humano tiene que luchar un combate sin tregua. Es difícil llegar a ser auténticamente persona. Para amar al otro, hay que hacerle sitio; hay que desaparecer ante él para que exista, negarse a la propia y espontánea pretensión de considerarse el centro del mundo (Catecismo francés). Dar vida para que el otro viva.

Si separamos ambos dinamismos, las fuerzas internas y externas del llamado, es sólo por razones de claridad didáctica. Si bien es cierto que podemos hablar, como algunos lo hacen, de una vocación individual y de una vocación social en cada persona, la vocación como tal se nos presenta como una totalidad indivisible, la verdadera vocación invita a una profunda integración. Vocación individual y vocación social son maneras parciales para referirse a la vocación personal. El ser humano no existe para sí mismo, tampoco existe para la sociedad; el hombre existe-en-comunidad (J. Cerda). El ser uno mismo y el gastar la vida por los demás (L. Espinal) son el mismo e inalienable trabajo de llevar a cabo la vocación de ser persona.

El dinamismo profundo sobre el cual se construye toda vocación no es otro mas que el amor. Pero el amor no surge sino a partir de la propia autonomía. Sólo a partir de la libertad personal, el yo y el tú se unen en un dar y recibir fecundo. Sólo en la entrega total, en el salir de sí mismo para darse a un tú, el yo se encuentra con su sentido más hondo, se ilumina y se despliega. Cuando me muevo hacia otro, sólo entonces, me pongo en camino de descubrir el sentido último de mi yo en el mundo. El yo se da, se entrega, por un movimiento ineludible, de la intimidad a la instauración del nosotros. Y, en esa tarea, en que aparentemente se despoja de sí, el yo encuentra que el tú y el nosotros le revelan toda la dimensión de su verdadero ser. Dar, salir de sí, detenerse en otros y alimentar su destino es la gran ruta para encontrar la propia vocación humana.

¿LLAMADOS Y ELEGIDOS?

La atenta tarea de la pastoral vocacional
Alfonso Pedrajas Moreno, sj.
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28/6/09

¿Qué es la Vocación?


¿Qués es la Vocación?
¿LLAMADOS Y ELEGIDOS?

La atenta tarea de la pastoral vocacional

Alfonso Pedrajas Moreno, SJ

Un acontecimiento. Acontece en la vida de la persona. Sucede como algo nuevo, rodeado de circunstancias históricas, sucede en el tiempo. Por ello, es preciso descubrirla, discernirla, disponerse para una respuesta.
Un acontecimiento misterioso. Es decir, que se comprende únicamente desde la conciencia de la presencia de Dios. El misterio de la vocación ilumina grandemente la vida de una persona y todas sus circunstancias, da claridad y seguridad para obrar.
El ser humano como actor. Aunque es Dios quien llama, evidentemente el hombre tiene calidad de persona actuante, de colaborador con Dios en el misterio de su vocación. Por ello, tiene la responsabilidad de acoger el llamado que se le hace.
Dialogando con Dios. La relación es fundante para la persona.Comencemos este apartado desbrozando caminos y aclarando conceptos: qué no es propiamente vocación, y a qué llamamos vocación en nuestra noción cristiana.

Algunas interpretaciones generalizadas

Mucha gente piensa que el término vocación se identifica o es lo mismo que:

Realización personal: “el camino de vida que uno debe elegir para desarrollar al máximo sus cualidades o aptitudes personales” (R. Tupper). Una autorrealización. Visión inmanente, pues no mira hacia fuera: a la sociedad o a la historia.
Opción altruista. Cuestión de generosidad. Ser buena persona y lanzarse a buscar el bien de los demás por medio de una profesión o forma de vida. Hay excelente buena voluntad, pero es grande el riesgo, pues fácilmente flaqueamos en nuestros buenos propósitos y llegamos a cansarnos.
Profesión. Es frecuente reducir el concepto vocación al campo profesional-ocupacional. La orientación vocacional sería una simple ayuda para elegir un oficio o carrera y, lógicamente, se limita a los momentos puntuales en los cuales los jóvenes están en situación de elegir.
Gusto o afición. Realizar aquello que divierte o fascina. Encontrar un espacio donde expresar las inquietudes y explotar las capacidades, donde hallar un auténtico placer. Es un concepto que fácilmente se idealiza al no tener contacto con la realidad.
Forma o estado de vida. Se utiliza el vocablo vocación refiriéndose también a las diversas formas de vida: matrimonio, celibato, maternidad… Es una opción de vida con rasgos de definitividad y engloba a la persona en todo lo que ella es. Pero es un definición incompleta: incluye elementos de la vocación, pero no la define ni la contiene.
Privilegio. No es raro que se considere la vocación como un privilegio que Dios concede a algunas personas escogidas. Un tesoro muy especial que no es nada frecuente y conviene guardar con sumo cuidado. Pertenecen a otra categoría, son personas señaladas o extraordinarias… ¡privilegiadas!
Algo sagrado. Hay personas que, al oír la palabra vocación la relacionan inmediatamente con lo sagrado. Vocación, por antonomasia, es la vocación sacerdotal… porque está en contacto frecuente con las cosas sagradas. Es verdad que toda vocación es cosa de Dios, y por tanto sagrada pero esto no puede restringirse a unas vocaciones excluyendo a otras.

Concepto eclesial auténtico

Desde nuestra visión cristiana, la vocación es:

Un acontecimiento. Acontece en la vida de la persona. Sucede como algo nuevo, rodeado de circunstancias históricas, sucede en el tiempo. Por ello, es preciso descubrirla, discernirla, disponerse para una respuesta.
Un acontecimiento misterioso. Es decir, que se comprende únicamente desde la conciencia de la presencia de Dios. El misterio de la vocación ilumina grandemente la vida de una persona y todas sus circunstancias, da claridad y seguridad para obrar.
El ser humano como actor. Aunque es Dios quien llama, evidentemente el hombre tiene calidad de persona actuante, de colaborador con Dios en el misterio de su vocación. Por ello, tiene la responsabilidad de acoger el llamado que se le hace.
Dialogando con Dios. La relación es fundante para la persona. Es una de las características que la definen: es persona porque puede relacionarse consigo misma, con los demás y con Dios. Esa voz que llama, implicando toda su personalidad y toda su vida, solamente puede ser de Dios. ¡Sólo él es Señor!
Una misión. La vocación se asienta en una realidad. Dios llama a todas las personas motivado por el amor a ellas y al pueblo entre el cual viven, pero la vocación no es un simple privilegio, tiene un último destinatario: el pueblo. El hombre es llamado por Dios y es enviado a la vez por el que llama para enviar. Vivir una vocación es asumir una misión.
Una respuesta concreta. La respuesta humana es un componente esencial de la vocación. Por tanto, si no hay llamado de Dios no hay vocación, como no la habría sin la respuesta del ser humano. La vocación es la conjunción de estos dos elementos: humano y divino. Dios toma la iniciativa, es verdad, pero toma en cuenta a la persona elegida. Nos ama y respeta y nos invita a colaborar con Él.

Algunas consecuencias y un texto autobiográfico

Para quien adquiere conciencia del llamado de Dios, Dios y los signos de su presencia serán siempre su única seguridad; lo demás perderá solidez.
La persona llamada es alguien que ha salido de sí y de sus intereses para buscar los intereses de Dios (Teresa de Ávila) que son los mismos intereses del pueblo.
La vocación implica la dedicación de las personas con todo lo que ellas son. Por ello no se puede decir: tengo vocación; más bien hay que reconocer que la vocación nos tiene, nos posee y nos destina a dar unos frutos concretos.
Se parece a un enamoramiento, en el que todas las cosas son interpretadas desde el amor.

“La caridad me dio la clave de mi vocación; comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo compuesto de diferentes miembros, no le faltaría el más necesario, el más noble de todos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que este corazón estaba ardiendo de Amor.

Comprendí que sólo el amor era el que ponía en movimiento a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegara a apagarse, los apóstoles no anunciarían ya el Evangelio, los mártires se negarían a derramar su sangre… Comprendí que el Amor encerraba todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares… en una palabra, ¡que el Amor es eterno!

Entonces, en el exceso de mi alegría delirante, exclamé: ¡Oh, Jesús, amor mío!... Por fin he hallado mi vocación: ¡mi vocación es el Amor!” (Santa Teresa de Lisieux).
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18/5/09

EL VÍNCULO DE LA AMISTAD


¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo
¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos.
Nietzsche en Así habló Zaratustra

Es el vínculo más universal. En el que participan los tipos humanos más diferentes en edad, condición o cultura. El que, a diferencia del vínculo amoroso o de otros muchos, nos compromete y acompaña a lo largo de toda la vida...
Carlos Domínguez sj.


¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo
¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos.
Nietzsche en Así habló Zaratustra

Es el vínculo más universal. En el que participan los tipos humanos más diferentes en edad, condición o cultura. El que, a diferencia del vínculo amoroso o de otros muchos, nos compromete y acompaña a lo largo de toda la vida. Son amigos los niños, los adolescentes, los adultos y los ancianos. Son amigos los hombres y las mujeres. Son amigos los seres del mismo sexo y también los del sexo contrario. Puede este vínculo de la amistad, sortear las diferencias de edad, de cultura o de creencias. Puede estar presente en otros tipos de relación como los del amor de pareja o los paterno filiales, aunque no necesite de ninguno de ellos para establecerse. Ni la edad, ni el sexo, ni la cultura, pues, parecen jugar como frontera para este tipo de vinculación humana. Como una bendición del cielo y como el sol y la lluvia, tampoco distingue para repartirse entre buenos y malos o justos e injustos. Circula con independencia del género, edad o condición y crea redes a través o al margen de lo institucional, precede o prolonga otros vínculos humanos y no se ve nunca sometido a reglamentación jurídica alguna que lo limite o condicione en un sentido u otro. Es la más libre y la más gratuita entre todas las vinculaciones que se puedan establecer. Por todo ello, tal como afirmaba Aristóteles, la amistad se constituye como una de las necesidades más apremiantes de la vida y es un bien del que nadie se quiere ver desprovisto, aunque se poseyeran el resto de los demás bienes.

Y sin embargo, resulta sorprendente que siendo la amistad un vínculo humano y afectivo de tal naturaleza e importancia, sea muy poco lo que sobre ella se escribe, llegando a estar casi ignorada en la mayor parte de las ciencias humanas. En particular, la época contemporánea parece sentir un llamativo y significativo pudor a la hora de acometer la tarea de reflexionar y analizar este tipo de vinculación tan determinante, sin embargo, en la existencia de todos.

Los grandes tratados y reflexiones sobre la amistad hay que buscarlos mayoritariamente entre los clásicos. Aristóteles aparece como el primero que centró su atención en este tipo de relación (la philia), como Platón lo hiciera sobre la relación amorosa (eros). Cicerón, dentro de la época clásica, dedicó también, como sabemos, una de sus obras más conocidas al tema de la amistad . Santo Tomás, recuperando la tradición aristotélica para articularla con la teología cristiana, trata de la amistad como una relación fundada en el amor de benevolencia y caracterizada particularmente por la reciprocidad. Finalmente, E. Kant ha de ser considerado como el gran clásico moderno en la reflexión y análisis de la amistad, distinguiendo una amistad de orden estético, caracterizada por la participación mutua en la alegría y el deleite (y cuya mejor ilustración la encontraríamos en la comida compartida) y una amistad de orden moral en la que se da una confianza total entre dos personas que se comunican recíprocamente sus juicios y sentimientos íntimos, pero que mantienen un respeto recíproco. Situando al otro como un fin en sí mismo, pone límite a la confianza e impide la utilización del otro como un medio. La amistad perfecta sería, para Kant, de alguna manera inalcanzable en la medida en que el amor y el respeto que hace propios los fines del otro no llegan nunca a su realización plena .

El por qué la temática de la amistad escasea de modo tan notable a partir de la ilustración constituye un dato digno de reflexión. Para Pedro Laín Entralgo la cuestión radicaría en que diluida la noción de persona a lo largo del siglo XIX (disuelta en el idealismo hegeliano o, simplemente, desaparecida en el positivismo) se imposibilitaría una reflexión con profundidad sobre este tipo de relación humana. Así pues, a pesar de la exaltación romántica sobre el tema, la reflexión se eclipsa tras una concepción que reduce la relación de amistad a la pura camaradería.

1. “No existen mercaderes de amigos....”

El término amigo -lo sabemos todos- puede ser empleado con significados muy diferentes. Algunos llaman amigos a cualquier conocido a través de relaciones realmente superficiales y otros reservan el término para referirse exclusivamente a aquellas personas con las que mantienen un grado realmente elevado de confianza e intimidad. Amigos, compañeros, camaradas, colegas constituyen, pues, parte de una constelación de términos que poseen determinados rasgos en común, pero donde las diferencias pueden llegar a ser muy significativas.

De hecho, el concepto de amistad padece hoy una notable devaluación que, probablemente, no es sino una manifestación más de la devaluación generalizada que se da en los modos de contacto personal. La mentalidad de consumo, el esquema que tan fácilmente introyectamos de “usar y tirar” , impregna también el mundo de las relaciones interpersonales y entre ellas el de las relaciones de amistad. El término “amiguismo” denota esa perversión en la que puede verse una llamada relación de amistad guiada tan sólo en razón de unos intereses. Sobre ello no parece necesario insistir, pero sí importa discernir y discriminar convenientemente lo que tendríamos que entender propiamente por el término “amigo”, por el significado que podemos atribuir al concepto de amistad.

¿Qué condiciones tendríamos que exigir como mínimos para que realmente se pudiera hablar de amistad?, ¿qué elementos tendríamos que considerar como indispensables para que una relación de amistad pudiera darse y mantenerse como tal?: ¿el afecto mutuo?, ¿la confidencialidad?, ¿el amor desinteresado?. ¿Qué es, realmente, lo que caracteriza más específicamente y lo que define mejor la esencia de este tipo privilegiado de relación?

Como tendremos ocasión de ver, quizás haya que pensar en más de una cualidad para definir la relación de amistad, pero para todas ellas existe una condición primera sin la cual la relación de amistad se revela como imposible. Esa condición, por lo demás, parece ser la que mejor puede diferenciar la amistad respecto a otros tipos de relación humana y la que le presta su carácter más peculiar y distintivo: no existe amistad si la libertad no se manifiesta como condición esencial para que el vínculo se establezca y si esa misma libertad (entendida como ausencia de presión externa y no tanto de condicionamientos internos) no se mantiene como condición permanente de la relación establecida.

El afecto, el amor benevolente, la confidencialidad, la participación en ideales comunes... todo ello podrá dar cuerpo a una relación de amistad, pero nada de ello cualifica y diferencia a este tipo de relación como lo hace la libertad y la gratuidad con la que ésta se manifiesta y tiene que establecerse. Existe afecto muy intenso en unas relaciones paterno filiales o de pareja. Y sin embargo, no tiene por qué existir necesariamente entre esas personas así vinculadas una relación de amistad. Existe también amor benevolente en muchas relaciones altruistas. Pero ese amor desinteresado no constituye una base para que surja y se dé la amistad entre quienes así se relacionan. Hay un grado muy elevado de confidencialidad en las relaciones que se establecen, por ejemplo, con un psicoterapeuta o con un confesor, sin que la amistad tenga que mediar la relación (en el caso del psicoanalista, sabemos que incluso la estorba). Existen igualmente grandes colaboraciones en proyectos colectivos que implican una participación en los mismos ideales y tareas a realizar en común, pero que no tienen por qué necesitar de una relación amistosa entre los que así se comprometen y colaboran. El afecto, el amor desinteresado, la confidencia, la colaboración, todo puede y quizás tenga que formar parte del vínculo amistoso, pero nada de ello configura una relación de amistad. Si el vínculo no surge desde la libertad recíproca de quienes se relacionan, la amistad no puede ver su nacimiento.

Probablemente no existe ningún tipo de relación humana que, como la amistad, se vea completamente al margen de cualquier forma de reglamentación. Cualquier otra modalidad de vínculo humano se ve sometido, sin embargo, a ella. La misma relación amorosa, que pudiera parecernos en principio la más alejada y casi contradictoria con la norma o la ley, es objeto, sin embargo, de reglamentación jurídica en el derecho matrimonial, bajo la figura de pareja de hecho o como materia de penalización en caso de adulterio, de acoso sexual, etc. Se reglamentan las relaciones paterno-filiales y los Estados vigilan su cumplimiento. Se legislan las relaciones laborales, comerciales, las políticas y las de diversos modos de asociación (fundaciones, clubes sociales, deportivos, O.N.G., etc...). No cabe, sin embargo, pensar en una jurisdicción que regule la relación de amistad, que permita reclamar un derecho sobre ella, que penalice una mala acción en su seno o que exima en razón de ella de cualquier otro tipo de obligación o responsabilidad. La amistad es una relación por ello absolutamente libre y gratuita y que tan sólo se mantiene mientras esa libertad y gratuidad se sigan dando. De ahí, como afirma C. S. Lewis , la exquisita arbitrariedad e irresponsabilidad de este amor. No tenemos la obligación de ser amigos de nadie, y ningún ser humano en este mundo tiene el deber de ser amigo nuestro. No hay exigencia ni sombra de necesidad alguna. La amistad es innecesaria, gratuita, como el arte. No tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que dan valor a la supervivencia. No es objeto de un arte ni resultado de una técnica interesada como pretendía el famoso manual Cómo ganar amigos de D. Carnegie. Ni es posible ganarse un amigo por mero empeño o interés si el libre deseo del otro no accede a ello. Se podrán ganar aduladores sumisos o serviles acólitos, pero no amigos, si el otro no quiere ni lo desea. No existen, por ello, mercaderes de amigos, tal como dice el zorro en El principito.


2. Identificación y amor benevolente.
Pero si la libertad es la condición misma de la relación de amistad, el suelo donde germina y florece, necesitará de una semilla particular y de un riego permanente para llegar a ver su fruto. El afecto, el deseo, la atracción en una ramificación muy específica que más adelante analizaremos, tendrá que ser la fuerza vital que, efectivamente, dé cuerpo y realidad a este vínculo tan específicamente humano.

Tampoco hay amistad sin afecto, sin comunicación amorosa, sin expresión del modo que sea, de la ternura, del cariño, de la identificación o del interés por el otro. En definitiva no existe amistad sin la intervención del deseo. Un deseo que, como impulso básico que nos mueve, desde nuestra condición de “ser separado”, aspira de un modo y otro a la reducción de la distancia y la diferencia que nos constituye.

En registros, tonos o intensidades que, como veremos, pueden ser muy diferentes, el deseo se constituye en el gran motor que posibilita y energetiza la relación de amistad, y a su vez, encuentra en este tipo de relación una de las vías más idóneas, más ricas y más liberadora tanto para el individuo como para el grupo social en el que éste se sitúa.

El deseo que impulsa a la amistad se irá manifestando conforme a las dinámicas particulares de cada sujeto. Dentro de esas dinámicas, los procesos de identificación jugarán siempre un papel decisivo modulando dinámicamente el encuentro con el otro. Identificación a través de un pasado con puntos de semejanza, identificación en un presente compartido o identificación en las expectativas de un futuro soñado. Procesos de identificación, en definitiva, que hacen que la relación de amistad tenga que contar también como condición esencial para su establecimiento el que se dé algún tipo de igualdad y reciprocidad entre los que así se relacionan. Sin ese núcleo de igualdad que favorece la identificación, no es posible establecer la relación en este registro particular de la amistad. Por ello, tan sólo se puede entender la relación de amistad con padres, jefes o superiores si éstos aciertan a poner entre paréntesis lo que impide que esa identificación, complicidad y reciprocidad se pueda llevar a cabo. Y por ello también resulta particularmente difícil el establecimiento de la relación de amistad cuando esas diferencias que marcan estos tipos de relación exceden de un punto que hace imposible la necesaria identificación entre los individuos. Sabemos bien cómo en más de una ocasión, una relación de amistad se ha disuelto cuando uno de los sujetos ha pasado a desempeñar una labor de autoridad que le obliga a reducir el grado de igualdad, de complicidad con el otro. La mutua identificación que sostenía la relación ya no se hace posible.

Esa identificación que juega dinámicamente en la relación de amistad va encontrando en cada etapa de la vida unas modalidades propias y específicas de manifestarse. Los niños se identifican entre sí en sus juegos y fantasías compartidas, los adolescentes encuentran en el otro una imagen de lo que desean constituir en ellos mismos, los adultos amigos participan de los proyectos, ideales y visiones del mundo que les son comunes. La identificación va creando así entre los sujetos diversos soportes para establecerse. Pero a lo largo de las diversas etapas de la vida, esos procesos de identificación mutua deben ir dejando paso a la manifestación de la distancia y de la diferencia que nos constituye a cada uno en nuestro ser y peculiaridad específica. Por eso mismo, la maduración del deseo a lo largo de esas diferentes etapas irá facilitando una exigencia de respeto a la alteridad y a la diferencia del otro. De ese modo la relación de amistad se abre a esa otra magnitud esencial que la caracteriza que es la dimensión ética de apertura y compromiso con la alteridad. Ella presupone la aceptación de la distancia que nos constituye

como “seres separados” y la tolerancia de la diferencia que nos perfila peculiarmente a cada uno. Desde esa aceptación se abre entonces la posibilidad de que el otro se manifieste no sólo como objeto de identificación, sino de amor también.

Sin esta otra dimensión en la que se articula la demanda con la ofrenda, la recepción con la donación, el apoyo recibido con la disposición a prestarlo también al otro, la amistad queda mutilada en un aspecto esencial. Por esta razón, la sabiduría popular ha expresado siempre su convicción de que la amistad se verifica en los momentos de dificultad, en esos momentos donde la capacidad de sacrificio amoroso encuentra la oportunidad de manifestarse, más allá de la complacencia y gratificación que los mecanismos de identificación ponen en juego. Sabemos que contamos con un amigo cuando confiamos en que ese otro será capaz de dar, de arriesgar, de perder, si es el caso, algo de sí mismo en nuestro favor. Y sabemos que tan sólo en la misma medida en que estemos dispuestos a ello seremos amigos para otro. Justamente por ser la relación más libre, la menos obligada, manifiesta mejor que ninguna otra la dimensión ética que puede comportar la relación humana.

En esta articulación de deseo y compromiso personal es, por otra parte, donde puede surgir ese otro factor esencial de la relación de amistad que es el de la confianza. Confianza con el amigo para solicitar de él ayuda o compañía, confianza también con el amigo para manifestar nuestra intimidad, para mantener esa “comunicación amorosa” recíproca a la que se refiere Laín Entralgo. Pero confianza no sólo “con”, sino también “en” el amigo, puesto que creemos en su capacidad y disposición favorable hacia nosotros, desde el convencimiento (que supone evidentemente un riesgo) de que no nos traicionará. Sin seguridad absoluta, sin garantías de ningún tipo nos fiamos del amigo.

Estamos, pues, así en el punto de encuentro entre la dinámica del deseo y el mundo de valores que lo configuran y, al mismo tiempo, lo sobrepasan. Toda pretensión, pues, de comprender la relación de amistad prescindiendo de este componente ético que necesariamente la configura en su estado de madurez, quedaría mutilada en uno de sus aspectos fundamentales. Probablemente, el pudor psicoanalítico para acercarse a los campos axiológicos y su paralela dificultad para la comprensión de los procesos de sublimación ha operado en esa significativa retirada para afrontar el análisis de esta importante ramificación del deseo.

La reflexión ética y filosófica ha insistido (quizás sobremanera) en el aspecto ético de la relación de amistad. No es una virtud la amistad, pero en su grado de madurez no se entiende sin la participación de ella, nos dejaba ver Aristóteles. Para Santo Tomás era el amor benevolente el que caracterizaba este tipo de relación, aun reconociendo que no bastaba dicha benevolencia para que la amistad llegara a constituirse. Kant insistió en el respeto al otro que obliga a considerarlo un fin en sí mismo y nunca un mero medio.

A la vista de lo dicho y frente al estado de devaluación actual del concepto de amistad se podría, pues, concluir que tan sólo podemos hablar auténticamente de este tipo de relación humana cuando el vínculo surge y se mantiene en la libertad, cuando el deseo juega su papel de atracción, cercanía, comunicación y expresión mutua y cuando el vínculo desemboca en el compromiso mutuo de los que así se relacionan. Estos valores básicos de la amistad son los que, en efecto, se ven reflejados en las diferentes concepciones culturales de la amistad. El comportamiento de los amigos puede variar mucho según las diversas culturas, pero los valores relativos a ellas se manifiestan con sorprendente analogía en las diversas sociedades y culturas.

Y, sin embargo, no siempre resulta fácil diferenciar este tipo de relación humana de otras en las que, igualmente, participa el deseo. En la complejidad inherente a toda experiencia relacional, fácilmente se entremezclan sentimientos y actitudes que hacen imposible distinguir una vivencia pura y contradistinta de cada una de las ramificaciones del deseo. Por ello, el amor de amistad no siempre es fácilmente diferenciable del amor de enamoramiento, del amor altruista, del compañerismo, la camaradería o el cariño. Un breve análisis diferencial entre algunos de estos diversos modos de relación, puede, por tanto, resultar enormemente clarificador.


3. Amigos, camaradas o enamorados.

El compañerismo o la camaradería constituyen unos de los tipos de relación humana que más fácilmente se pueden confundir con la amistad, por poseer con ella una serie de aspectos comunes. Etimológicamente, camarada es el que comparte un cuarto, la cámara común, el que acompaña a otro y come y vive con él. De ahí, comenzó a designar el que comparte la suerte de otro y por extensión, el amigo. Sin embargo, el elemento de tarea y colaboración se destaca en la relación de camaradería (o de compañerismo) y le connota de modo tan esencial que razonadamente debemos diferenciarla de la relación de amistad. Con el amigo puede haber y, de hecho, hay muchas veces colaboración, pero la amistad se distingue en que ese compartir la tarea se realiza en función del afecto y no en razón de una obligación, tal como solemos entender que ocurre con el camarada o el compañero.

El camarada o el compañero manifiesta una relación que, generalmente, se encuadra dentro del campo institucional o en el seno de algún tipo de movimiento o agrupación colectiva (educativa, militar, política, deportiva, etc.). En su seno, efectivamente, surge un tipo de relación marcada por la persecución de unos objetivos comunes y en cuya dinámica de colaboración y solidaridad puede nacer la amistad. Pero no basta ser compañero o camarada, sentirse unido en un proyecto o en unos ideales comunes, para que la confidencia o el compromiso personal, característicos de la amistad, vean su nacimiento.

Es, sin embargo, la diferenciación entre la relación de amistad y la de enamoramiento la que mejor nos puede ayudar a captar lo más específico de la relación de amistad, dentro del conjunto de relaciones amorosas en las que participa el deseo .

El enamoramiento constituye un tipo de relación con un momento definido y que se presenta como siguiendo la ley del todo o nada. No caben grados, se está o no se está enamorado. Es además, una pasión y porque es pasión conlleva sufrimiento. Es éxtasis, pero es tormento también. La amistad, sin embargo, huye del sufrimiento y, cuando puede, lo evita. El enamorado, como afirma, P. Laín Entralgo es un ente menesteroso e hiperbólico, porque su menester comporta una ambición orientada hacia el “todo” y, desde ahí, vive de una manera absorbente y exaltada la necesidad de comunión física y espiritual con la persona amada . El enamoramiento, por lo demás, nace sin tener asegurada la reciprocidad, cosa que no sucede en la relación de amistad. Si el otro no lo desea, nuestro propio deseo de amistad se desvanece. No interesa ser amigo de quien no desea serlo de nosotros.

Pero lo que resulta más significativo en la diferenciación entre la relación de enamoramiento y la de amistad es el hecho de que la dinámica del primero está caracterizada por una natural tendencia a la posesividad. El enamorado, por ejemplo, desea saberlo todo de la persona amada, sus ideas y sus sentimientos. El amigo no necesita tanto. Acoge lo que se le ofrece con gratitud, pero sin exigencia. No experimenta esa necesidad de posesión que padece el enamorado. La libertad, que hemos visto como condición de la amistad, queda de alguna manera en entredicho dentro de la relación de enamoramiento. Por eso, el enamorado se siente celoso. Pero la amistad se preserva de tal tipo de sentimiento y si en ella hace presencia parece obligado sospechar que la relación encubre ya otro tipo de vinculación diferente a la que queremos denominar como amistad. La frontera entre este tipo de relación y el enamoramiento se desdibuja. Así acaece fácilmente, como sabemos, en las relaciones establecidas en el período de la adolescencia.

El enamoramiento se impregna de Eros y le permite expresarse sin dificultad. Busca la unión de los cuerpos como medio de borrar la distancia y la diferencia que nos constituye. La amistad, sin embargo, pretende cubrir la distancia que nos separa de otro modo diferente: mediante la participación en las ideas, los sentimientos, los proyectos comunes. Encuentra en la palabra, en el gesto y en el silencio participativo su medio de comunión. El encuentro íntimo que pretende no es ya de piel a piel, sino de “decir a decir”. No necesita ni aspira a la fusión que el erotismo y la genitalidad pretenden en la dinámica del enamoramiento. Por eso, también, aunque le agrada y agradece la presencia del otro, no la urge ni reprocha su ausencia.

Y sin embargo, a pesar de las evidentes diferencias existentes entre las dinámicas del enamoramiento y la de la amistad, éstas no nos pueden hacer olvidar que tanto una como otra se nutren de la misma corriente de fondo: el deseo como aspiración a una unión que alivie la carencia de base que nos constituye como seres separados. En ese tronco común del deseo encontró el psicoanálisis la fuente dinámica que alimenta la relación de amistad.


4. El deseo pulsional de trasfondo.

También en este campo sorprendió de modo chocante la teoría psicoanalítica, como si, efectivamente, hiciera cierta una vez más la afirmación freudiana de que el inevitable destino del psicoanálisis es mover a contradicción a los hombres e irritarlos. En su interpretación de la amistad Freud recurrió, en efecto, a enlazarla (refiriéndose a las establecidas entre personas del mismo sexo) con una de las dimensiones de nuestro mundo afectivo que movilizan más resistencias y dificultades de aceptación: la vertiente homosexual.

La amistad, en efecto, se consideró y así se sigue entendiendo hoy en el campo psicoanalítico como una sublimación o una derivación del primitivo deseo pulsional que, inhibido en su finalidad de aproximación erótica, encuentra una vía de canalización a través de este valor social del encuentro amistoso. En esa nueva modalidad, la corriente erótica primitiva inhibe su fin más específicamente sexual o genital para situarse en un nivel diferente, acrecentando, por lo demás, de este modo su participación psíquica.

En el ámbito de la amistad con personas del mismo sexo es, efectivamente, la parte homosexual existente en todo sujeto la que encuentra así una vía “rentable” por la que derivarse; al mismo tiempo que la sociedad se beneficia por los lazos estables que de ese modo se crean en su seno. La dinámica cultural recibe de este modo un aporte fundamental para su propio dinamismo y la consecución de sus objetivos. El deseo pulsional, en efecto, no cesa de unir entre sí a los individuos. Y si, en su dimensión específicamente genital, contribuye de modo decisivo a la formación de la familia y conservación de la especie, en la inhibición de ese fin contribuye a generar lazos de amistad, que al no poseer ese carácter de exclusividad que el amor de pareja exige, contribuye a crear redes de unión más amplias y, muchas veces, más duraderas también .

En las relaciones con el otro sexo, el fín erótico queda igualmente inhibido y derivado hacia otros intereses socialmente valorados, como pueden ser los de la participación común en ideales, aficiones o actividades de cooperación. En cualquier caso, estos lazos amistosos con el otro sexo encontrarán siempre una mayor dificultad para establecerse, en la medida, en que las primitivas finalidades específicamente eróticas podrán hacer aparición con mayor facilidad, transformando la relación amistosa en otra de carácter diferente. Como también puede ocurrir que una relación establecida desde la pasión amorosa vaya transformándose paulatinamente en otra, donde predominen los sentimientos cariñosos, tiernos y amistosos que proporcionan a la relación una estabilidad y duración que no posee la pasión amorosa.

Se abre así un complicado juego en las eventuales combinaciones de sentimientos amorosos y amistosos. En determinadas circunstancias, ambos tipos de sentimientos se mostrarán como incompatibles, mientras que, en otras, cabrán transformaciones del sentimiento amistoso en amoroso y, aunque con más dificultad, también cabe pensar una evolución desde los sentimientos de amor hasta los de amistad. Como es igualmente reconocible la coexistencia de ambos en una misma relación. Hay amistades entre personas de distinto sexo (o del mismo en el caso de la homosexualidad) sin que haya enamoramiento, como existe enamoramiento sin participación de vínculos amistosos. En otras ocasiones, sin embargo, será la amistad la que lleve al enamoramiento a su más plena realización. Porque es verdad que la “philia” -tal como afirma Laín Entralgo- es el hábito anímico que otorga al “eros” su más idónea perfección . En definitiva, se nos muestra así una vez más que en la arborescencia del deseo sus diversas ramificaciones se pueden fundir y confundir con extrema facilidad.

La historia de cada uno estará siempre como trasfondo determinante en esas dinámicas particulares del amor o de la amistad. Esas simpatías y antipatías que cada cual experimenta en sus contactos interpersonales, que van creando lazos, dando lugar a procesos de identificación o generando lejanías y rechazos se encuentran genéticamente vinculadas a las experiencias de la propia biografía y, en particular, a las de la infancia y las relaciones familiares.


5. Psicodinámica de la amistad.

Como ya se indicó anteriormente hay que contar con los procesos de identificación para encontrar la clave fundamental en el establecimiento del vínculo afectivo de la amistad. La sintonía que se experimenta junto a la persona amiga, en efecto, es la que brota de la identidad que se percibe en determinados aspectos de su pensar, su sentir, su proyectarse en la vida. Si la amistad es un alma en dos cuerpos, como bellamente lo expresara Aristóteles, es porque la identificación juega en ella como factor psicodinámico fundamental. En este sentido, lo “omoios” se deja ver en el vínculo amistoso, tanto en la relación con el propio sexo como en la relación con el otro.

Esa sintonía será percibida muchas veces de modo claro y consciente; en otras ocasiones, sin embargo, tal como ocurre también en la dinámica amorosa, la percepción funcionará a nivel inconsciente, dando lugar también a esa extrañeza que nos produce muchas veces la atracción y simpatía que podemos experimentar por otras personas sin una aparente razón. Nuestro deseo nos va conduciendo a lo largo de la vida hacia determinadas personas (como nos va alejando de otras) porque nuestro inconsciente cree reconocer en ellas unas posibilidades u obstáculos determinados para producir el encuentro.

Esa identificación, por lo demás, es una corriente afectiva que no siempre encontrará claro el límite con el afecto amoroso, en el que ya no se pretende tanto el “ser como” de la identificación, sino más bien el “tener a” del amor. Es el caso en el que la vertiente homosexual que siempre juega en la relación de amistad del mismo género no acierta a contener y limitar sus pretensiones últimas, y dando rienda suelta a la inhibición del fin, desemboca en las tradicionalmente conocidas y anatematizadas “amistades particulares”. En otros casos, por el contrario, también acaece que esa dimensión homosexual se ve tan constreñida y bloqueada que impide la normal expresión del afecto y que dificulta la expansión de la amistad en su vertiente esencial de cercanía afectiva. No es posible vivir esa cercanía, esa proximidad corporal incluso que también pretende el amigo, sin experimentarla como peligro para esa parte homosexual reprimida. En la relación amistosa con el otro sexo, el paso de la identificación a la elección amorosa, tal como señalábamos más arriba, se puede dar con más facilidad.

En la relación de amistad, de alguna manera, nos encontramos con nosotros mismos en la persona del otro, vemos nuestro rostro reflejado en el espejo en que se convierte el amigo para nosotros. ¿Pues qué es, por lo demás, el rostro del amigo? Se interroga Nietzsche: Es tu propio rostro , en un espejo grosero e imperfecto . En él percibimos, efectivamente, nuestros intentos de ser, de pensar y de sentir, ya sea a través de lo que de hecho existe en nuestra propia realidad, o a través de lo que tan sólo son deseos más o menos posibles. El componente narcisista se manifiesta así como uno de los factores importantes que sostiene el vínculo de la amistad.

La identificación, pues, se lleva a cabo desde nuestro Yo real, pero también desde nuestro propio Ideal del Yo proyectado sobre el amigo. El amigo refleja, hace realidad esas dimensiones soñadas para nosotros mismos, con más o menos posibilidad de ser alcanzadas. Sostiene así nuestra aspiración a ser en los distintos niveles del comportamiento.

Pero la imagen devuelta por ese espejo que es el amigo puede servir también para realizar y llevar a cabo, de modo imaginario, nuestras zonas más oscuras y prohibidas. Es el caso en el que se busca la complicidad de la “mala compañía”, la que permite vivir vicariamente, aunque sea en el nivel de la fantasía, lo que para sí mismo se muestra vedado. Desde la infancia hasta la edad más adulta, este tipo de amistad cómplice puede jugar un papel de importancia en la dinámica de nuestras relaciones.

En cualquier caso, la identificación que juega como base afectiva fundamental en la relación de amistad exige que en ella se dé, de una manera u otra una reciprocidad (real o imaginaria) y una igualdad. “Philotés-isótes”, se afirmaba en el mundo griego, es decir, “amistad - igualdad”. Porque si bien es verdad que la amistad es capaz de superar muchas desigualdades, éstas podrán ser tantas que vengan a imposibilitar o a hacer muy difícil la actuación de los mecanismos identificatorios necesarios para que el vínculo afectivo llegue a establecerse y mantenerse convenientemente. Así, las amistades que se pudieran establecer entre padres e hijos, profesores y alumnos, jefes y subordinados contarán siempre con unos límites y sólo se harán posibles en la medida en que la superioridad de una parte sea puesta entre paréntesis. Recordando una vez más a Aristóteles, hay que decir que la amistad no puede subsistir en la distancia existente entre dioses y hombres .

Desde esta exigencia de igualdad que posibilita la identificación mutua, las relaciones de amistad asumen con muchas frecuencia una transferencia de las antiguas, reales, temidas o soñadas relaciones de fraternidad. El amigo desempeña fácilmente el papel atribuido interiormente a la representación fraterna y en la relación con él se moviliza toda esa intensidad de afectos, positivos y negativos también, que interiormente se mantuvieron con los hermanos.

Pero dentro de este mismo tipo de representación, cabe otra serie de aspectos transferenciales derivados de las antiguas relaciones de objeto que tuvieron lugar a lo largo de la infancia. El amigo, dentro de los límites exigidos por la reciprocidad y la igualdad, juega muchas veces (y generalmente a niveles más inconscientes) papeles que guardan una íntima relación con las figuras parentales (como los mismos hermanos la desempeñaron muchas veces también). Quizás no seamos capaces de percibir en la relación entre dos amigos niños o adolescentes, aparentemente hermanados en una neta igualdad, los papeles de padre o de madre que uno de ellos está desempeñando en relación al otro. Entre los adultos, incluso, esas representaciones parentales pueden estar jugando un papel importante con independencia de la edad de los relacionados y a veces, incluso, cuando la edad es la inversa a la que correspondería en una relación paterno-filial. Los rasgos de personalidad de una parte y las tendencias identificatorias de la otra hacen lo más importante, dejando en un segundo plano muchos elementos de realidad. La complicidad en el desempeño de esos papeles juega con frecuencia de modo fundamental en el mantenimiento de la relación establecida.

Pero el vínculo de amistad es un dinamismo vivo, dependiente siempre de las dinámicas particulares de los que así se relacionan. De ahí que la estabilidad, mantenimiento, desarrollo o decaimiento y pérdida de la relación, tenga que ver directamente con los procesos psicodinámicos de las personas unidas por este tipo de lazo. Una relación establecida fundamentalmente en el juego transferencial paterno-filial puede entrar en crisis (y superarse para encontrar un nuevo status o para desaparecer) desde el momento en que una de las partes, desde su propio dinamismo personal, se niegue a mantener el papel que hasta entonces jugó, puede incluso que hasta de modo gratificante. Como una relación fundada en una transferencia de tipo fraterno que satisfaga una necesidad de competencia y rivalidad, puede dar al traste desde el momento en que esa rivalidad desencadene un montante agresivo incapaz ya de ser contenido en la relación establecida. El desencadenamiento de los fines específicamente eróticos, controlados durante un tiempo, puede igualmente alterar la dinámica de la relación, haciendo imposible su mantenimiento, si una de las partes no puede o no quiere responder a ese otro nivel en el que la otra parte expresa su demanda.


6. Crisis, pérdidas y rupturas.

A lo largo de los diversos ciclos vitales en los que la relación de amistad va haciendo acto de presencia con sus peculiares características (es muy diversa, en efecto, la dinámica de las amistades infantiles, adolescentes o adultas) experimenta también, como los individuos mismos, momentos de tensión, de estancamiento, de plenitud o de involución, pérdida y muerte. Entramos así a considerar el papel que en los procesos de amistad desempeñan las crisis en la relación y las posibilidades de superación, estancamiento o ruptura de la misma. Son muchos los factores que, evidentemente, pueden entrar en juego. Tanto los concernientes al propio estilo de relación como otros de orden externo pueden desempeñar un papel fundamental en el desencadenamiento de la crisis, así como en su evolución posterior.

El enamoramiento y matrimonio de una de las partes, por ejemplo, juega como uno de los motivos más frecuentes de crisis, debido a la nueva situación triangular que se establece. Puede también, sin embargo, dar lugar a un reforzamiento del lazo, precisamente por la intervención del nuevo elemento incorporado a la relación. La amistad, como sabemos, a diferencia del amor, no tiene dificultad en incorporar e incluir nuevos lazos. Por el contrario, la amistad puede también verse en peligro con motivo de la separación de una pareja que, para el amigo común, desempeñaba la posibilidad de idealizar sus propias fantasías de unión al respecto. Las transferencias de corte parental, sin duda, entran a formar parte importante de estas dinámicas triangulares.

Si las situaciones triangulares en las que el amor y amistad se entrecruzan pueden originar la crisis, también las transferencias de orden fraterno, que juegan de modo tan importante en esta relación, pueden hacer que el éxito de una de las partes venga a acrecentar de tal modo el nivel de rivalidad de la otra o el sentimiento de superioridad en aquel que triunfa, que descomponga el equilibrio que hizo posible durante un tiempo la relación. No basta el éxito propio, es necesario que fracasen los amigos, expresaba con amargo cinismo el filósofo francés La Rochefoucauld en el siglo XVII.

El exceso de dependencia por una de las partes hay que considerarlo también como un factor de importancia en las crisis de amistad. Una excesiva demanda de favores, dinero, atención, expresiones de afecto, etc. perturba la relación en su misma base: en la libertad que vimos como condición esencial para que la amistad pueda nacer y desarrollarse.

Los factores socioculturales, por otra parte, deben ser tenidos también en consideración a la hora de comprender los elementos que juegan a favor o en contra de las relaciones de amistad. Es un dato comprobado que las formas de la amistad cambian según los tipos de sociedad y según los tiempos y las presiones ambientales de cada época. Hoy día, la mentalidad consumista de “usar y tirar” impregna, sin duda, todos los modos de vinculación interpersonal, haciéndolos cada vez más fáciles, más numerosos, pero cada vez también más débiles y superficiales. La actual fiebre por el “chat” en Internet ilustra mejor que nada este estado de cosas. Nunca hubo tanta posibilidad abierta para elegir con quien comunicarse y nunca hubo tampoco más facilidad para hacerlo de modo tan impersonal y descomprometido.

Significativo a este respecto es lo que hace muy poco tiempo leíamos en una entrevista a Juan José Ballesta, el chico de doce años que protagonizó la película “El Bola” del director español Acero Mañas. A la pregunta de si tenía en la vida real amigos tan estupendos como en la película, el muchacho respondía: No tengo amigos. No me gusta. Lo digo también en la película. Lo que tengo son conocidos, en mi barrio y en todas partes. Les llamo amigos pero, en realidad, no les tomo como amigos, no confío en ellos... Es un poco triste eso de no tener amigos, le comenta el periodista. A ello el chaval responde: A mi me gusta cambiar. Un día me voy con los de mi barrio, otro día con los del barrio de mi abuela... Es mejor. Les veo un día y no vuelvo a verlos hasta muy tarde. Nunca estoy con los mismos porque no son mis amigos, son conocidos con los que juego a los cromos, a las cartas, a los montones... Me lo paso muy bien con ellos, me río, me divierto, pero no son mis amigos . Es un niño de doce años quien así habla. Pero, sin duda, es el altavoz de una sociedad que concibe de un modo muy particular las relaciones interpersonales.

El hecho es que existen también, como ocurre en la dinámica amorosa, amistades enfermas. Amistades que no contribuyen a favorecer el dinamismo madurativo de las personas sino que, al contrario, se convierten en un obstáculo y en una invitación a movilizar las dimensiones más regresivas o patológicas de la personalidad. Hay relaciones de amistad que perviven y se mantienen gracias a una extraña complicidad para activar los núcleos más problemáticos de los sujetos. Como en las relaciones amorosas, cabe todo tipo de dinámicas regresivas y patógenas. Desde la dependencia infantilizante que retiene al sujeto en una posición de pasividad, hasta la relación de corte sado-masoquista, en la que ambas partes saben nutrir tendencias de ese orden con una rara habilidad inconsciente. Son relaciones en las que la autonomía y la identidad personal se ven amenazadas desde una peligrosa pretensión de hacer de los amigos como dos gotas de mercurio que al acercarse se funden en una. Con esa fusión, sin embargo, tan sólo encontraríamos una extraña gota, a modo de monstruo engendrado por el asesinato de esas dos autonomías.

Todos estos factores personales y socioculturales contribuyen a que la relación de amistad no vea muchas veces realizada esa aspiración de eternidad que, como el amor, parece tener. Es cierto que muchas relaciones amistosas muestran una gran fortaleza y capacidad interna para superar los momentos de decepción, frustración o decaimiento que puedan tener lugar, revitalizándose de nuevo y adquiriendo, incluso, mayor profundidad de vinculación. Depende en buena medida del tipo de expectativa que se vio cuestionada, de la capacidad de que se disponga para asumir frustraciones, de la habilidad para entender y comprender los mecanismos de actuación de la otra parte y de la fuerza que tuvieran previamente los lazos afectivos que mantuvieron el vínculo.

La comunicación abordada en una necesaria articulación de claridad y buena intención tendrá que constituir en esas situaciones un instrumento imprescindible en la eventual resolución de la crisis. Porque la claridad desnuda, despojada del afecto, es de hecho una agresión que, como tal, pondrá necesariamente en peligro el vínculo amistoso. Pero el mero afecto que pretende encubrir la frustración de fondo, acrecienta las dimensiones más regresivas de la relación y deja latiendo y sin resolver una dificultad que, tarde o temprano, pasará factura. Es el momento, pues, de esas “amorosas crueldades” que diría Gabriel Celaya. Sólo así se garantiza que la relación se construye en el afrontamiento constructivo de las inevitables limitaciones, fallos y frustraciones implicados en todo proceso de relación humana.

Pero es un hecho también que muchas veces los vínculos amistosos no sobreviven a pesar de la hondura que pudieron llegar a tener y de los intentos que se realicen para salvarla. Y existen finales de todo tipo. L C. Pogrebin los sintetiza en tres grandes grupos: barrocos, es decir, ampulosos, rimbombantes y dramáticos (de tonalidad histérica podríamos añadir); clásicos, en los que se guardan las formas de racionalidad y serenidad y románticos, a través de un desvanecimiento gradual y progresivo . La amistad, en efecto, como Kant nos lo recordara, es un raro cisne negro, que como todo lo viviente está siempre amenazado de enfermedad y de muerte. Y como todo lo viviente también (aceptarlo quizás venga a ser una condición importante para vivir adecuadamente la relación de amistad) no alcanza nunca su grado supremo y deseado de realización. Por ello, todos podemos exclamar también con ese dicho atribuido a Aristóteles ¡Oh amigos míos, no hay ningún amigo!

7. La alianza del deseo con el ideal.

Probablemente no existe otro vinculo como éste de la amistad, que articule en su misma dinámica ideal y deseo. Ética y estética se aúnan así en esta relación de un modo único y paradigmático. Desde una consideración psicoanalítica, se podría pensar que ninguna otra relación humana implica, en razón de su propia naturaleza, tal articulación y equilibrio entre la fuerza del Ello y los ideales del Superyó.

Con razón afirma Francesco Alberoni que la amistad constituye la expresión ética del Eros. El deseo, según hemos analizado, constituye su fuente dinámica primera, pero junto a él aparece desde muy pronto, incluso en las primeras relaciones amistosas de la infancia, el proyecto moral de justicia, de equidad, de compromiso interpersonal como parte esencial del vínculo que se establece. Cuando advertimos, además, que ese componente ético desfallece, el deseo decae de inmediato y el vínculo tiende a desaparecer. No cuenta con otros soportes, como puede ocurrir en los lazos de la familia o del amor. La fuerza del Ello necesita en la amistad sostenerse en el ideal del Superyó.

Deseo e ideal se articulan, pues, en la relación de amistad de un modo específico y único. La pasión amorosa puede prescindir de la justicia, puede sobrevivir a la traición, puede asumir todo tipo de vejación o de mentira. El deseo, más fuerte que la justicia, se impone sobre cualquier otra consideración. Por otra parte, el vínculo que une al benefactor o al altruista con su beneficiado o protegido puede prescindir del afecto, la calidez o el cariño para mantener su relación de ayuda, independientemente de lo que su mundo afectivo anhele.

En la relación de amistad, sin embargo, atracción y deseo, afecto y cariño se han de ver necesariamente vinculados con una disposición y compromiso para que el lazo se mantenga. No necesitamos que el amigo sea justo, honesto y leal. Podemos ser amigos de un malvado. Pero necesitamos que la relación que se mantiene con nosotros esté presidida por esa lealtad y justicia que puede faltar en su relación con el resto de los mortales. De otra manera, tampoco puede ser amigo para nosotros.

Como podemos también ser objeto de todas las atenciones, cuidados y gestos de misericordia por parte de otra persona sin que en la relación brote la chispa del afecto amistoso. Pedro Laín Entralgo ilustra esta dimensión de la amistad con una bellísima referencia al pasaje evangélico del buen samaritano. Puede que éste realizara toda la labor de misericordia posible con el pobre malherido que encontró a la vera del camino. Lo atiende, lo lleva a la fonda, le limpia y cura la herida, se muestra dispuesto a pagar todo lo necesario para sacarle de aquella penosa situación. Nada de ello bastaría, sin embargo, para que pudiéramos hablar de amistad. Para ello habría sido necesario el inicio de la confidencia, de la cercanía personal, de la entrega algo propio, íntimo y personal. Sólo así se constituye el “nosotros-sujeto” amistoso. “Me llamo Daniel. Y tú, ¿cómo te llamas?, son palabras que el buen samaritano hubiera podido decir al hombre herido. Y sólo con que éste hubiera respondido “Yo me llamo Fulano de tal”, el germen de la amistad hubiera surgido. No es necesario para fundar la amistad la confidencia de lo más íntimo, el strip-tease a todo costa. Pero el vínculo amistoso no tiene lugar si no existe una disposición a establecer ese lazo afectivo que se manifiesta tanto por un gesto sencillo pero personal, como por la confidencia. Como sugiere el mismo Laín Entralgo, bastaría decir “mira” ante una bella puesta de sol, para que se manifieste la disposición a hacer partícipe al otro de la propia interioridad y con ella, a establecer ese lazo interpersonal que caracteriza a este vínculo humano. La amistad, de este modo, perfecciona el acto de caridad, pone gracia humana a la gracia teologal . El ideal superyoico necesita también, por tanto, para que se hable de amistad, enlazar con el dinamismo afectivo que posee su origen en las oscuras fuerzas del Ello.

No es una virtud la amistad, nos recordaba Aristóteles; pero se ha de ver necesariamente acompañada por ella. Como de otro modo lo expresaba Voltaire al señalar que la amistad es un contrato tácito que realizan dos personas sensibles y virtuosas o, de modo más elocuente, diciendo que constituye un matrimonio anímico entre dos seres humanos virtuosos. Ni basta la mera sensibilidad, el matrimonio anímico; ni la virtud por sí misma genera tampoco amistad. Amor y respeto fueron los términos en los que, por su parte, expresó Kant esta misma relación específica de la amistad entre lo ético y lo estético

Un respeto como actitud ética que no supone, por lo demás, un limite o una cortapisa para el amor y el deseo. Ese respeto es la mejor expresión de un deseo que ha madurado y que, por eso, es fiel a la distancia y la diferencia que ha de marcar el encuentro con el otro. No es el otro un bocado para intentar nutrir y colmar la propia carencia. Ni es el otro un objeto de dominio, control y posesión. Sino un tú, libre y diferente, que posee la capacidad de gratificar o de frustrar y que es aceptado en su libertad y su propia autonomía.

Por eso, el amor del amigo por el amigo no exige don, sino que agradece como tal lo que libremente se le ofrece. Ni siquiera se precipita en un deseo de salvar al otro a toda costa, olvidando que a lo mejor el otro no desea ser “salvado”. Respeta hasta el punto de permitir que el otro se equivoque en el libre ejercicio de su riesgo y decisión, no acudiendo en su ayuda si no tiene la certeza de que el amigo, implícita o explícitamente, la solicita y la desea. Sólo así está respetando su propia carencia y sólo así respeta la libertad que brota de la carencia del otro. No es ni un enamorado, ni una madre nutricia, ni un padre salvador. Y sabiéndose sólo así, como un tú cercano y comprometido, acompaña al otro desde su soledad y se siente acompañado en la común aventura de existir.

Pero cuando las cosas tienen lugar de este modo, la amistad se constituye en un vínculo que puede potenciar de modo significativo el propio crecimiento y desarrollo personal. El propio ideal se ve en ella catapultado e impulsado por la fuerza del afecto que, desde la mutua identificación, alimenta y sostiene el vinculo. La amistad, por tanto, posee una enorme capacidad de transformar, de impulsar y movilizar hacia adelante a los sujetos que así se relacionan. No es tanto, pues, el amigo pista de aterrizaje cuanto pista de lanzamiento.

Pero si el amigo es flecha y anhelo de superación, ha de ser también crítica e instancia de verdad: Si quieres tener un amigo hay que querer también hacer la guerra por él: y para hacer la guerra hay que “poder” ser enemigo. En el propio amigo debemos honrar incluso al enemigo. Así habló también el Zaratustra nietzscheniano, expresando esa exigencia de verdad que puede, en determinados momentos resultar dolorosa y hasta cruel. Es un deber, escribía también Kant, que el amigo haga notar al otro su falta, pues lo hace por su bien y es, por tanto, deber de amor . Nos encontramos así de nuevo con las “amorosas crueldades” que pueden ser necesarias, no sólo para enfrentar una crisis en la relación, sino también como medio indispensable para que el amigo crezca o se salve de la ignorancia en la que tantas veces nos vemos forzados a vivir.

Nacida y desarrollada, pues, en el terreno de la libertad, dinamizada por la semilla y la vitalidad del Eros que impulsa la unión entre lo viviente, la amistad puede llegar a dar el fruto del compromiso personal, en el respeto a la distancia y a la diferencia que a cada uno nos constituye. Se hace entonces verdad que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por el amigo (Jn 15, 13), y que en ese acto de donación, mutuamente nos constituimos y nos perfeccionamos.
Carlos Domínguez Morano
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